Por: Antonio Martínez Cantellano
Ricardo Salinas Pliego no habla: imparte sentencias. Cada transmisión de su televisora, cada video en YouTube, cada dardo irónico que lanza en redes sociales funciona como un pequeño sermón del capitalismo ultraconservador remixado con comedia. No es un empresario opinando de política neoliberal: es un influencer multimillonario que encontró en la indignación nacional un escenario perfecto, que convirtió esa indignación en odio, inferiorización y satanización del enemigo.
Mientras otros magnates prefieren el traje gris y la voz
baja, Salinas prefiere la chamarra de cuero, el sobrero, el sarcasmo, la
carcajada y el “yo no soy político, pero…”. Y claro: después del “pero” viene
política en estado puro.
Lo que vemos en su televisora, en sus videos y en sus
discursos públicos no es espontaneidad. Es una retórica muy clara, construida
con el mismo cuidado con el que otros construyen marcas. Solo que su marca no
es una empresa; su marca es una ideología fascista, que legitima y justifica la
clase dominante.
La moral del emprendedor como religión
La idea central de su discurso es básica pero poderosa:
“Si no eres libre
económicamente, no eres nada”, esta no es solo una frase, es una doctrina
económica del neoliberalismo.
“Si fracasas, es tu culpa”. “Si tienes éxito, es tu virtud”.
En su mundo no hay desigualdades estructurales, privilegios heredados ni
escaleras trucadas: hay ganadores y perdedores, y los ganadores son los que
trabajan duro… como él.
Es una filosofía empresarial convertida en moral universal.
Es Ayn Rand, pero con humor involuntario.
¿Funciona? Por supuesto. En un país cansado de promesas
políticas, la historia del “échale ganas y vence” suena casi como esperanza.
Pero también refuerza un mito profundamente conveniente para quienes están
arriba: que la riqueza es un acto de voluntad, no de contexto.
El Estado como villano de caricatura
En la narrativa de Salinas Pliego, el Estado aparece como un
personaje torpe, abusivo, lento y casi siempre ridículo, lo califica de
gobiernicola. Los impuestos son castigos. La regulación es una traba. Los
programas sociales son cadenas, que se pongan a trabajar las personas de la
tercera edad, no hay que darles dinero, que se lo ganen trabajando como los
empresarios y la burocracia es un monstruo.
¿Tiene razón en algunas críticas? Por supuesto.
Pero lo provocador no es la crítica, sino la simplificación:
si algo no funciona, la culpa es del Estado; de la 4T si algo funciona mal; el mérito,
claro, es del emprendedor.
Reduce la complejidad política a una pelea de caricaturas:
El héroe productivo contra el villano burócrata.
Y lo vende como sentido común.
Humor, irreverencia y la política como espectáculo
Salinas Pliego entendió algo que la clase política mexicana
aún no procesa: que la conversación pública ya no se gana con discursos, sino
con clips virales con IA, también con la manipulación mediática de noticias y de
opinologos, que ejerce a través de televisión Azteca. Y en ese terreno él juega
con ventaja.
Su retórica política se mezcla con memes, burlas a las
figuras de poder del Estado, sarcasmo y una dosis de “yo sí me atrevo a decir
las cosas como son”.
Es exactamente el tipo de voz que un público cansado de
eufemismos está dispuesto a premiar.
¿Es humor?
¿Es indignación?
¿Es marketing?
No importa. En la era del algoritmo, lo que importa es que
funciona.
El empresario que niega hacer política… mientras hace
política
La parte más provocadora de toda su retórica no es su
dureza, ni su humor, ni su visión del capitalismo como cruzada moral, es su
ideología fascista. Y en su insistencia en que no está haciendo política.
Pero cada video que sermonea sobre libertad económica, cada
burla al gobierno, cada frase sobre los “pendientes” del país, cada diatriba
contra el asistencialismo… es política en estado químicamente puro.
Salinas Pliego se ha convertido en un actor público de
facto, incluso más influyente que muchos líderes partidistas. Lo que dice
circula, se replica, se discute. No requiere un cargo para moldear opiniones,
pero si quiere ser presidente; tiene algo más poderoso: una audiencia.
Y, digámoslo claro: un empresario con audiencia es un actor
político, le guste o no.
¿Hacia un nuevo populismo empresarial?
Lo verdaderamente disruptivo de su discurso no es su
contenido, sino su fórmula:
Capitalismo + humor + odio + indignación + redes sociales.
No es una voz conservadora tradicional, ni liberal, clásica,
ni tecnocrática.
Es otra cosa: un populismo empresarial, donde el pueblo no
son los pobres ni las clases medias, sino los aspiracionistas, los emprendedores,
los creyentes del “mérito puro”.
Salinas Pliego habla como si fuera portavoz de esa tribu
cultural emergente: gente que no confía en el gobierno, en la política, pero sí
en la narrativa del esfuerzo radical.
Es el antipolítico y anti gobierno con más impacto político
del país.
El fondo del asunto
Al final, lo provocador no es que Ricardo Salinas Pliego
critique al gobierno —eso lo hacen miles.
Lo provocador es cómo lo hace: como quien no necesita
persuadir, sino divertir; como quien no necesita votos, solo atención; como
quien convierte un diagnóstico económico en chiste viral.
Los empresarios siempre han tenido poder en México y esta
clase dominante que ha impuesto sus ideas retrógradas a través de los medios de
comunicación, y ahora en las redes sociales.
Lo que Salinas Pliego descubrió es que, en 2025, tener poder
ya no basta:
Hay que tener audiencia, hay que manipular, hay que decir
mentiras políticas sobre el gobierno, hay que engañar a la gente y sobre todo
hacer que la gente pobre y trabajadora acepte esa ideología fascista y la haga
suya.
Y ahí, él juega en otra liga.
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