lunes, 17 de noviembre de 2025

RICARDO SALINAS PLIEGO: EL EMPRESARIO QUE CONVIRTIÓ LA POLÍTICA EN UNA POLÍTICA MEDIATICA.

Por: Antonio Martínez Cantellano

Ricardo Salinas Pliego no habla: imparte sentencias. Cada transmisión de su televisora, cada video en YouTube, cada dardo irónico que lanza en redes sociales funciona como un pequeño sermón del capitalismo ultraconservador remixado con comedia. No es un empresario opinando de política neoliberal: es un influencer multimillonario que encontró en la indignación nacional un escenario perfecto, que convirtió esa indignación en odio, inferiorización y  satanización del enemigo.

Mientras otros magnates prefieren el traje gris y la voz baja, Salinas prefiere la chamarra de cuero, el sobrero, el sarcasmo, la carcajada y el “yo no soy político, pero…”. Y claro: después del “pero” viene política en estado puro.

Lo que vemos en su televisora, en sus videos y en sus discursos públicos no es espontaneidad. Es una retórica muy clara, construida con el mismo cuidado con el que otros construyen marcas. Solo que su marca no es una empresa; su marca es una ideología fascista, que legitima y justifica la clase dominante.

La moral del emprendedor como religión

La idea central de su discurso es básica pero poderosa:

“Si no eres libre económicamente, no eres nada”, esta no es solo una frase, es una doctrina económica del neoliberalismo.

“Si fracasas, es tu culpa”. “Si tienes éxito, es tu virtud”. En su mundo no hay desigualdades estructurales, privilegios heredados ni escaleras trucadas: hay ganadores y perdedores, y los ganadores son los que trabajan duro… como él.

Es una filosofía empresarial convertida en moral universal.

Es Ayn Rand, pero con humor involuntario.

¿Funciona? Por supuesto. En un país cansado de promesas políticas, la historia del “échale ganas y vence” suena casi como esperanza. Pero también refuerza un mito profundamente conveniente para quienes están arriba: que la riqueza es un acto de voluntad, no de contexto.

El Estado como villano de caricatura

En la narrativa de Salinas Pliego, el Estado aparece como un personaje torpe, abusivo, lento y casi siempre ridículo, lo califica de gobiernicola. Los impuestos son castigos. La regulación es una traba. Los programas sociales son cadenas, que se pongan a trabajar las personas de la tercera edad, no hay que darles dinero, que se lo ganen trabajando como los empresarios y la burocracia es un monstruo.

¿Tiene razón en algunas críticas? Por supuesto.

Pero lo provocador no es la crítica, sino la simplificación: si algo no funciona, la culpa es del Estado; de la 4T si algo funciona mal; el mérito, claro, es del emprendedor.

Reduce la complejidad política a una pelea de caricaturas:

El héroe productivo contra el villano burócrata.

Y lo vende como sentido común.

Humor, irreverencia y la política como espectáculo

Salinas Pliego entendió algo que la clase política mexicana aún no procesa: que la conversación pública ya no se gana con discursos, sino con clips virales con IA, también con la manipulación mediática de noticias y de opinologos, que ejerce a través de televisión Azteca. Y en ese terreno él juega con ventaja.

Su retórica política se mezcla con memes, burlas a las figuras de poder del Estado, sarcasmo y una dosis de “yo sí me atrevo a decir las cosas como son”.

Es exactamente el tipo de voz que un público cansado de eufemismos está dispuesto a premiar.

¿Es humor?

¿Es indignación?

¿Es marketing?

No importa. En la era del algoritmo, lo que importa es que funciona.

El empresario que niega hacer política… mientras hace política

La parte más provocadora de toda su retórica no es su dureza, ni su humor, ni su visión del capitalismo como cruzada moral, es su ideología fascista. Y en su insistencia en que no está haciendo política.

Pero cada video que sermonea sobre libertad económica, cada burla al gobierno, cada frase sobre los “pendientes” del país, cada diatriba contra el asistencialismo… es política en estado químicamente puro.

Salinas Pliego se ha convertido en un actor público de facto, incluso más influyente que muchos líderes partidistas. Lo que dice circula, se replica, se discute. No requiere un cargo para moldear opiniones, pero si quiere ser presidente; tiene algo más poderoso: una audiencia.

Y, digámoslo claro: un empresario con audiencia es un actor político, le guste o no.

¿Hacia un nuevo populismo empresarial?

Lo verdaderamente disruptivo de su discurso no es su contenido, sino su fórmula:

Capitalismo + humor + odio + indignación + redes sociales.

No es una voz conservadora tradicional, ni liberal, clásica, ni tecnocrática.

Es otra cosa: un populismo empresarial, donde el pueblo no son los pobres ni las clases medias, sino los aspiracionistas, los emprendedores, los creyentes del “mérito puro”.

Salinas Pliego habla como si fuera portavoz de esa tribu cultural emergente: gente que no confía en el gobierno, en la política, pero sí en la narrativa del esfuerzo radical.

Es el antipolítico y anti gobierno con más impacto político del país.

El fondo del asunto

Al final, lo provocador no es que Ricardo Salinas Pliego critique al gobierno —eso lo hacen miles.

Lo provocador es cómo lo hace: como quien no necesita persuadir, sino divertir; como quien no necesita votos, solo atención; como quien convierte un diagnóstico económico en chiste viral.

Los empresarios siempre han tenido poder en México y esta clase dominante que ha impuesto sus ideas retrógradas a través de los medios de comunicación, y ahora en las redes sociales.

Lo que Salinas Pliego descubrió es que, en 2025, tener poder ya no basta:

Hay que tener audiencia, hay que manipular, hay que decir mentiras políticas sobre el gobierno, hay que engañar a la gente y sobre todo hacer que la gente pobre y trabajadora acepte esa ideología fascista y la haga suya.

Y ahí, él juega en otra liga.

 

 

 

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