martes, 20 de mayo de 2025

¿PUEDE LA NUEVA REFORMA JUDICIAL DEVOLVER LA HONESTIDAD AL SISTEMA LEGAL MEXICANO?

Lic. Marcial Antonio Martínez Cantellano

En México, uno de los clamores más constantes de la sociedad es el de tener un sistema de justicia verdaderamente imparcial, honesto y accesible. Frente a la nueva reforma judicial que se plantea como una transformación profunda del aparato legal, muchos mexicanos —con justa razón— tenemos una esperanza: que por fin se acaben la corrupción, los engaños, la mentira, la negligencia, el tráfico de influencias y la impunidad, todo por ganar dinero o poder que han caracterizado durante décadas al poder judicial.

El problema de fondo no es solo legal, es ético. Queremos jueces que no vendan sentencias al mejor postor, ministros que no se escuden en tecnicismos para favorecer intereses particulares, y abogados que no se aprovechen de la ignorancia o la necesidad de sus clientes, como algunos suelen hacer. En otras palabras, exigimos algo que debería ser una norma y no una excepción: honestidad con todo su significado que conlleva esta palabra.

¿Qué es la honestidad? Esta es la definición del diccionario: Decencia y moderación en la persona.

En Internet encontramos que la definición es: La honestidad, hablar y actuar con sinceridad, es más que no mentir, engañar, robar o hacer trampas. Implica mostrar respeto hacia los demás y tener integridad y conciencia de sí mismo.

Lamentablemente hay abogados que desde el inicio de sus carreras los único que han hecho es mentir, engañar, robar, hacer trampas, sacar dinero a las personas o casi robar a los clientes para resolver un problema jurídico. Si estos abogados llegan a ser jueces o magistrados o funcionarios de alguna dependencia de justicia, imagínense lo que pueden hacer al sistema judicial con tanta corrupción.

Un sistema corroído

La corrupción en el sistema judicial mexicano no es un mito: es una realidad documentada. Diversas encuestas y estudios realizados por organizaciones nacionales e internacionales colocan a los tribunales entre las instituciones con menor nivel de confianza pública. Casos emblemáticos de impunidad, sentencias absurdas o procesos interminables muestran un sistema que muchas veces actúa como si la justicia estuviera reservada solo para quienes pueden pagarla, o para los políticos corruptos, o para las élites de este país.  

¿Podrá esta nueva reforma cambiar esta percepción y, más importante aún, la realidad que la sustenta?

Una reforma con muchos retos

La reforma judicial promete cambios importantes: selección más rigurosa de jueces, mecanismos de control y evaluación, y supuestamente mayor transparencia. Sin embargo, las leyes no transforman la ética de quienes las aplican. Se puede modificar el marco legal, pero si no se ataca la cultura de la corrupción desde sus raíces, los mismos vicios seguirán floreciendo, solo que en nuevas formas.

 Por eso la verdadera transformación no puede ser solo legal, tiene que ser cultural y moral. Se necesita formar a los futuros profesionales del derecho con una base sólida en valores como la ética, la empatía y la vocación de servicio. No se trata únicamente de enseñar leyes, sino de formar conciencia.

¿Y la honestidad?

La honestidad no puede seguir siendo un lujo o una excepción dentro del sistema judicial. Debe convertirse en el pilar que sostenga todas las decisiones jurídicas. Para lograrlo, es necesario que haya consecuencias reales para los actos corruptos y un verdadero reconocimiento para quienes actúan con integridad.

¿Podemos esperar una transformación real con esta reforma? La hipótesis más optimista diría que sí: que al menos algunos jueces, magistrados y abogados cambiarán su forma de pensar y actuar. Que las nuevas generaciones verán en la honestidad no una desventaja competitiva, sino una virtud indispensable.

Pero para que eso ocurra, se necesita voluntad política, vigilancia ciudadana y, sobre todo, una sociedad que no tolere más la corrupción ni la impunidad. Sin embargo, hay muchas personas que no creen en la honestidad, como políticos o abogados, que no les importa estos valores ni siquiera las persona, les importa más a estos personajes nefastos que están en el sistema político o judicial es el de obtener más ganancias a costa de las personas.

Conclusión

La reforma judicial es una oportunidad para todos los mexicanos de cambiar este sistema, pero no una garantía. Solo con un compromiso real y constante con los valores que algunos políticos y abogados han perdido —especialmente con la honestidad— podremos aspirar a un sistema judicial que verdaderamente sirva a la justicia y no a intereses particulares. La pregunta que queda en el aire es: ¿están dispuestos nuestros jueces, magistrados y abogados a recuperar la dignidad y la ética de su profesión?

 

 

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