martes, 5 de agosto de 2025

MÁS ALLÁ DE LAS FRONTERAS: LA DEUDA PENDIENTE DE MÉXICO CON LOS PERIODISTAS EXTRANJEROS

 Por: Antonio Martínez Cantellano

En América Latina, ejercer el periodismo se ha convertido, cada vez más, en una actividad de alto riesgo. Entre 2018 y 2024, al menos 913 periodistas fueron forzados al exilio en la región, según el informe Voces Desplazadas, elaborado por PROLEDI (UCR), la Cátedra UNESCO de la Universidad Diego Portales (Chile) y Funda medios. Esta cifra no solo refleja una grave regresión democrática, sino que también obliga a los Estados de acogida a revisar críticamente sus políticas públicas, especialmente en lo que respecta a la inclusión efectiva de periodistas en situación de desplazamiento. Que fue una de las ponencias, presentada en el último foro de 100 periodistas por el Estado de México.

En estos momentos, México ocupa un lugar central en esta ecuación. Por un lado, ha sido catalogado durante más de una década como uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. Por otro lado, se ha convertido en un destino importante para periodistas extranjeros exiliados, particularmente de países como México, Nicaragua, Venezuela, Cuba y Honduras. Sin embargo, el marco legal mexicano aún presenta serias lagunas cuando se trata de proteger a estos comunicadores internacionales.

Los periodistas extranjeros en México, ya sean corresponsales, freelancers o colaboradores de medios digitales internacionales, no están formalmente reconocidos como sujetos de protección en el Mecanismo Federal para la Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas. Esta omisión legal tiene consecuencias directas y alarmantes:

Obstáculos migratorios que dificultan su acceso a protección, debido a que sus permisos de residencia o trabajo pueden ser revocados si denuncian amenazas.

Falta de protocolos claros por parte de las instituciones responsables, que a menudo no saben cómo actuar ante una agresión a periodistas no mexicanos.

Estigmatización política, en donde el discurso de “injerencia extranjera” es usado para desacreditar su labor y justificar el desinterés estatal.

El resultado es una situación de doble vulnerabilidad: son periodistas en riesgo y, además, migrantes en condiciones inciertas. Esta combinación los coloca fuera del radar institucional y los condena al silencio o al autoexilio dentro del exilio.

Resulta paradójico que un país con un historial tan preocupante en materia de violencia contra periodistas, y que al mismo tiempo recibe comunicadores en búsqueda de refugio, no haya desarrollado un marco normativo incluyente y garantista para quienes llegan desde el extranjero.

Si bien existen mecanismos regionales (como la plataforma periodismolibre.org, apoyada por la UNESCO) que intentan llenar ese vacío, la protección integral debe emanar, ante todo, de los Estados nacionales.

México tiene la oportunidad y la responsabilidad de corregir esta exclusión estructural, no solo como medida de justicia, sino como un acto coherente con sus compromisos internacionales en materia de derechos humanos.

Desde diversos sectores, incluidos foros de periodistas como 100 periodistas por el Estado de México, se han formulado propuestas claras para atender esta deuda pendiente:

Reconocer legalmente a periodistas sin distinción de nacionalidad como sujetos de protección en la ley y en su reglamento.

Crear una unidad especializada en atención a casos internacionales o transfronterizos.

Establecer coordinación con el Instituto Nacional de Migración (INM) para evitar que las denuncias se conviertan en represalias migratorias.

Eliminar los condicionamientos migratorios para acceder al mecanismo de protección, garantizando confidencialidad y no deportación.

Capacitar al personal del mecanismo en derechos de personas migrantes, diversidad cultural y enfoques diferenciales.

Estas medidas no solo mejorarían la protección de periodistas extranjeros, sino que contribuirían a fortalecer el periodismo en un país que necesita más que nunca voces libres, plurales y valientes.

El artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que toda persona tiene derecho a “buscar, recibir y difundir informaciones e ideas, sin consideración de fronteras”. México no puede aspirar a ser una democracia sólida si restringe, de facto, este derecho a quienes tienen un pasaporte extranjero.

Proteger el periodismo no debe depender de la nacionalidad del periodista, sino del principio ético de defender la verdad y el derecho ciudadano a estar informado. En un mundo interconectado, donde los conflictos nacionales tienen dimensiones regionales y globales, la libertad de prensa debe entenderse como un derecho sin fronteras.

La inclusión de periodistas extranjeros en la Ley de Protección a Periodistas no es un gesto de buena voluntad: es una necesidad urgente, una deuda con la realidad y un compromiso ineludible con los derechos humanos. Ignorar esta agenda no solo pone en peligro vidas de los periodistas.

 

 

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